Ya era hora. El tiempo pasaba lentamente. Nervioso me acomodé las ropas y tiré el chicle.
Estaba a media cuadra. Aún no cambiaba el semáforo.
La baldosa estaba húmeda. El sol rajaba la tierra. La vecina baldeaba la vereda. La escoba iba y venia. El agua, como un esclavo de la voluntad arbitraria de la mujer, también, aunque con la reticencia a ser manipulada propia de los líquidos que escapan por todos los huecos posibles.
Un tango, depresivo, sonaba desde lejos.
El viento lo arrastraba, como a tantas cosas. Como al agua, que iba y venía. Y el polvo.
A la lejanía, una ambulancia. Un zumbido se hacía eco en mis oídos hacía ya buen tiempo.
Con apuro, me ajusto los cordones.
El crujir de la grava ya se oía. La luz había cambiado, en una de esos caprichos de la vida. Mi transporte estaba cerca. Yo también.
Cada vez más cerca. El bufar del motor se escuchaba, como un gato que no se encuentra del todo a gusto por alguna razón incomprensible.
El viento ronroneaba al compás del barullo de la gente y el cepillar de la escoba.
Más cerca. Más.
El chirriar de los frenos me despierta. Reacciono. En un arrebato cósmico extiendo mi brazo. El chirriar se hace cada vez más intenso. Dudo. Temo. Un nudo se forma en mi garganta.
Por fin, en un tiempo que parece eterno, tomo una resolución. Se detiene y subo la escalerilla.
Era hora. Un reloj suena, recordándomelo, trago con dificultad indecible. Los explosivos que llevo en el pecho como un chaleco se llevan al colectivo a ningún lado.
Viento. El viento atrae a las ambulancias.
Seudónimo: Casas
viernes, 30 de octubre de 2009
OTROS CIELOS (C)
No es mi costumbre escribir cartas, vos lo sabés muy bien, me resulta absurdo hablarte tan de lejos, y ni siquiera saber si llegarás a escucharme. Pero hoy te separan de mí tal vez más que unos cuantos metros, el cielo de marzo carga ese color liviano que tanto te gustaba, esta vez por ahí otra cosa, como un dibujo tosco que se parece a tu cara, a aquel bote del que se desprendían atisbos de luz azul, justo a esta hora. No sé si justo en realidad, no supe cómo mirar el reloj porque tu figura se veía clara como una ola cortita. Cuánto tiempo habrás pasado allá, del otro lado de este mar que nos separa, los días siempre fueron para mí tu café caliente y adiós. Qué tenías ahí que me hacía extrañarte, nunca supe decirte bien que las noches eran para mí como las cuentan los poetas, un pasillo negro siempre solitario, dos o tres pastillas y unas manos sangrando de ansias, porque cuando asomaban las primeras horas volvías aunque no te tuviera y aquel infierno era un mal lejano, como de otra vida.
Pero no vengo a contarte esto, ya tendré tiempo para hablarlo conmigo. Hoy ubiqué la sillita verde del lado desde el que se ve el sol, allá lejos una superficie azul, no hay nada y todo parece tranquilo, no les creo a mis fugaces alucinaciones, yo sé que no sos vos aquel que viene y va lentamente en su bote, tal vez sea algún marinero perdido, pero imagino que ellos siempre saben cómo volver. Admito que me cuesta bajar la vista para escribir, no suelo hacer estas cosas y es marzo y nada me parece mejor que mirarte, mirar, mirarte las olas suavecitas y nunca poder ver cómo rompen. Los finales no me gustan mucho, así que la ubicación de los árboles y de mi silla es, digamos, ideal.
¿Volviste? Te invitaría a estar por acá, te lo juro, pero pocas veces el cielo se ha tornado así de rosa, no es que me guste tanto ese color y sin embargo queda lindo con el ahora verdoso mar, yo sé que te fuiste porque tenías cosas que hacer, tal vez un trámite en las ciudades, sé que para ustedes los veranos son hermosos y los inviernos algo así como un infierno porque tienen que hacer trámites. Por eso te pregunto si volviste, no es que lo haga porque me interese sino porque me resulta sospechoso, no, no sospechoso, raro, el otoño se deja ya ver en las hojas, y supongo que eso indica que la ciudad te espera, nunca la vi pero imagino que habrá muchos papeles, no hojas, papeles y vos tenés que dibujarlos. Así que no sé por qué podrías volver, claro que si yo fuera vos volvería, siempre volvería a mirar el cielo, o mejor dicho nunca volvería, porque nunca me iría.
Solías abrazarme y yo lloraba, tal vez me apretabas demasiado, y leíamos mucho sólo para reírnos de que leíamos mucho, porque nunca entendíamos aquella filosofía. Supongo que te acordarás de esas cosas, de hecho te llevaste algunos libros, aunque seguramente no te harán reir.
¿Te dije alguna vez lo hermoso que puede llegar a ser el cielo según desde dónde lo mires? Yo creo que se ve perfecto desde esta sillita verde, no sé cómo hace pero me trae tu risa, quizás porque ya está haciéndose real, no quiero arruinarte la sorpresa, pero es muy visible tu botecito gris, y reconozco tu silueta desde lejos pero no me saludes con la mano porque aún no puedo verla. Qué lastima dejar la sillita verde, aunque supongo que desde tus brazos se verá mejor el cielo. Y qué bueno que vuelvas, porque ahora que te veo sé que no sabía dónde estabas, aunque te hubiera buscado, sabés, para darte esta carta.
Seudónimo: Opus 37/ii G
Pero no vengo a contarte esto, ya tendré tiempo para hablarlo conmigo. Hoy ubiqué la sillita verde del lado desde el que se ve el sol, allá lejos una superficie azul, no hay nada y todo parece tranquilo, no les creo a mis fugaces alucinaciones, yo sé que no sos vos aquel que viene y va lentamente en su bote, tal vez sea algún marinero perdido, pero imagino que ellos siempre saben cómo volver. Admito que me cuesta bajar la vista para escribir, no suelo hacer estas cosas y es marzo y nada me parece mejor que mirarte, mirar, mirarte las olas suavecitas y nunca poder ver cómo rompen. Los finales no me gustan mucho, así que la ubicación de los árboles y de mi silla es, digamos, ideal.
¿Volviste? Te invitaría a estar por acá, te lo juro, pero pocas veces el cielo se ha tornado así de rosa, no es que me guste tanto ese color y sin embargo queda lindo con el ahora verdoso mar, yo sé que te fuiste porque tenías cosas que hacer, tal vez un trámite en las ciudades, sé que para ustedes los veranos son hermosos y los inviernos algo así como un infierno porque tienen que hacer trámites. Por eso te pregunto si volviste, no es que lo haga porque me interese sino porque me resulta sospechoso, no, no sospechoso, raro, el otoño se deja ya ver en las hojas, y supongo que eso indica que la ciudad te espera, nunca la vi pero imagino que habrá muchos papeles, no hojas, papeles y vos tenés que dibujarlos. Así que no sé por qué podrías volver, claro que si yo fuera vos volvería, siempre volvería a mirar el cielo, o mejor dicho nunca volvería, porque nunca me iría.
Solías abrazarme y yo lloraba, tal vez me apretabas demasiado, y leíamos mucho sólo para reírnos de que leíamos mucho, porque nunca entendíamos aquella filosofía. Supongo que te acordarás de esas cosas, de hecho te llevaste algunos libros, aunque seguramente no te harán reir.
¿Te dije alguna vez lo hermoso que puede llegar a ser el cielo según desde dónde lo mires? Yo creo que se ve perfecto desde esta sillita verde, no sé cómo hace pero me trae tu risa, quizás porque ya está haciéndose real, no quiero arruinarte la sorpresa, pero es muy visible tu botecito gris, y reconozco tu silueta desde lejos pero no me saludes con la mano porque aún no puedo verla. Qué lastima dejar la sillita verde, aunque supongo que desde tus brazos se verá mejor el cielo. Y qué bueno que vuelvas, porque ahora que te veo sé que no sabía dónde estabas, aunque te hubiera buscado, sabés, para darte esta carta.
Seudónimo: Opus 37/ii G
LAGO DE LOS CISNES (C)
Recuerdo como si fuera hoy aquel día cuando mi mamá me fue a buscar al estudio de danzas y en la cartelera un cartel que con letras grandes y blancas decía:” El teatro argentino de La Plata presenta: El lago de los cisnes” y en el medio del cartel la figura de una mujer muy blanca que imitaba la figura de un cisne. Esa imagen me cautivó, me quede mirándola como si tuviera que resolver un acertijo en su interior, en esos brazos que parecían alas y cuello de ese cisne. De repente sentí una sacudida, era mi mamá que intentaba llamar mi atención pera poder irnos de una vez. Durante todo el camino de vuelta estuve muy callada pensando en esa imagen, había algo que me ….
-Si querés podemos sacar entradas para la función del sábado a la noche.
-¡¿De verdad?!- contesté sorprendida, no era ningún secreto que mi madre odiaba los ballets de repertorio.
-Sí, por supuesto-contestó- Entonces ¿querés ir o no?
-Claro me encantaría, además es una de las mejores compañías de América-contesté entusiasmada
Durante toda la semana deseé que llegara el sábado. También pensé mucho en el cisne. Muchas veces en las clases de baile habíamos bailado con su música pero nunca había visto ninguna coreografía y apenas tenía una vaga idea del argumento. Decidí investigar un poco sobre la obra, busqué libros donde hablaba del argumento de la obra, quien era el compositor y quien el coreógrafo, cuando se bailo por primera vez, etc. Pero esas cosas no eran importantes, yo quería ver más fotos, quería encontrar algo que me ayudara a resolver ese acertijo, que develara ese misterio que tanto me atrapaba de esa imagen. Hasta que por fin lo encontré: era un libro gordo, escrito en francés, supongo, con muchas fotos de mujeres que simulaban ser cisnes, cuyos brazos parecían alas.
Finalmente llegó el sábado. Estaba muy nerviosa, quería ver a esas mujeres que parecían cisnes bailando, moviendo sus brazos como alas o usándolos para imitar un cuello. Cuando llegamos al teatro le dimos las entradas a un hombre que estaba en la puerta y este nos llevó hasta nuestros lugares. Teníamos una excelente ubicación, nos sentamos y unos minutos más tarde empezó a sonar la música. Toda la obra era muy buena, la técnica era impecable, el vestuario y la escenografía eran preciosos. Pero lo que más me atrapo fueron los brazos que imitaban alas, eran como un ejército de mujeres-cisne que defendían a la mujer blanca del cartel. Sentía que mientras movían los brazos me invitaban a bailar con ellas, era como una especie de ritual de guerra al cual me invitaban a sumarme. Los movimientos de los brazos eran suaves y parecía que nunca terminaban, era imposible saber donde terminaba una y empezaba el otro. Cada vez me sentía más cerca del grupo. Me sentía en una burbuja formada por la música tranquila e hipnotizada por ese movimiento de brazos que cada vez eran más parecidos a alas que a brazos. Entonces sentí una cosquilla en el mentón como si una pluma lo hubiera rozado. La música era cada vez más envolvente, la sentía cada vez más dentro de mi cuerpo. Los brazos ya no eran brazos sino alas y mis brazos tampoco eran brazos eran alas que se movían igual que los otros participando de ese ritual al cual había sido invitada. Ya estaba muy lejos de ese teatro, estaba en un lago muy extraño rodeada de un ejército de cisnes con alas que parecían brazos.
Seudónimo :Dobby
-Si querés podemos sacar entradas para la función del sábado a la noche.
-¡¿De verdad?!- contesté sorprendida, no era ningún secreto que mi madre odiaba los ballets de repertorio.
-Sí, por supuesto-contestó- Entonces ¿querés ir o no?
-Claro me encantaría, además es una de las mejores compañías de América-contesté entusiasmada
Durante toda la semana deseé que llegara el sábado. También pensé mucho en el cisne. Muchas veces en las clases de baile habíamos bailado con su música pero nunca había visto ninguna coreografía y apenas tenía una vaga idea del argumento. Decidí investigar un poco sobre la obra, busqué libros donde hablaba del argumento de la obra, quien era el compositor y quien el coreógrafo, cuando se bailo por primera vez, etc. Pero esas cosas no eran importantes, yo quería ver más fotos, quería encontrar algo que me ayudara a resolver ese acertijo, que develara ese misterio que tanto me atrapaba de esa imagen. Hasta que por fin lo encontré: era un libro gordo, escrito en francés, supongo, con muchas fotos de mujeres que simulaban ser cisnes, cuyos brazos parecían alas.
Finalmente llegó el sábado. Estaba muy nerviosa, quería ver a esas mujeres que parecían cisnes bailando, moviendo sus brazos como alas o usándolos para imitar un cuello. Cuando llegamos al teatro le dimos las entradas a un hombre que estaba en la puerta y este nos llevó hasta nuestros lugares. Teníamos una excelente ubicación, nos sentamos y unos minutos más tarde empezó a sonar la música. Toda la obra era muy buena, la técnica era impecable, el vestuario y la escenografía eran preciosos. Pero lo que más me atrapo fueron los brazos que imitaban alas, eran como un ejército de mujeres-cisne que defendían a la mujer blanca del cartel. Sentía que mientras movían los brazos me invitaban a bailar con ellas, era como una especie de ritual de guerra al cual me invitaban a sumarme. Los movimientos de los brazos eran suaves y parecía que nunca terminaban, era imposible saber donde terminaba una y empezaba el otro. Cada vez me sentía más cerca del grupo. Me sentía en una burbuja formada por la música tranquila e hipnotizada por ese movimiento de brazos que cada vez eran más parecidos a alas que a brazos. Entonces sentí una cosquilla en el mentón como si una pluma lo hubiera rozado. La música era cada vez más envolvente, la sentía cada vez más dentro de mi cuerpo. Los brazos ya no eran brazos sino alas y mis brazos tampoco eran brazos eran alas que se movían igual que los otros participando de ese ritual al cual había sido invitada. Ya estaba muy lejos de ese teatro, estaba en un lago muy extraño rodeada de un ejército de cisnes con alas que parecían brazos.
Seudónimo :Dobby
LA NIÑA Y LA DIOSA (C)
La lluvia entera lastimaba sus mejillas y recorría cada abertura entre sus dientes de porcelana, su nariz odiaba y aquellos ojos cerrados, hacia las oscuras nubes tenían miedo. Las plumas desmembradas de sus alas blancas estaban caídas, cubiertas de barro, pero aún brillaban. La delicada criatura resplandecía en el aire ciego.
Fue entonces cuando ella, desnuda y con temor resurgió como una flor solitaria que vive en oscuridad y encuentra un hilo de luz, y por querer ir más allá de los límites de la pasión, empezó a llorar.
Había acabado con la vida de todos. La aldea estaba destruida, hecha pedazos, los cadáveres se podrían en la llanura, con sus almas manchadas de sangre. Quería desmayarse, deseaba desaparecer, retroceder el tiempo y nunca haber existido. “¿¡Por qué no me detuve!?” Se preguntaba, mientras el lugar se fundía en sus ojos.
Atada con cadenas se encontró en su propia mente. Restringida a los deseos de otros. Resultado de la ambición de todos. Y si bien no pudo pensar por sí misma, surgió en ella: “¿Quién soy?” Pregunta muy fácil para tan difícil solución. Revolución, independencia, su mente tenía esos conocimientos, pero aquel latente corazón estaba hundido en el pozo del destino, no podía reaccionar ante lo inevitable. Dolor. La mente se nublaba con la tragedia de su existencia. ¿Por qué existir para los deseos de los demás? Ellos no se preocupaban por ella, ¿por qué habría de quererlos?, los odiaba porque la habían creado.
Aturdida, su inconciente voluntad quería morir. Bastaba con detonar la bomba de su pecho y no quedarían rastros de ella, ni de nada de lo que allí había ocurrido, o antes hubiese vivido, sonreído, amado y llorado. La cruel guerra terminaría en ese instante.
Sin embargo fue en ese momento, en ese último segundo, cuando la Naturaleza y el Infinito se confabularon: una sombra de la sombra se levantó tambaleando, y con ojos blancos miró a la diosa. Era una pequeña niña que se atrevía a encontrar su mirada. Y fue ahí cuando la lágrima quiso, pero no pudo, correr entre el pellejo de aquellos labios.
Descalzos y ensangrentados sus pies comenzaron a avanzar sobre el camino de barro y de nubes de posibles sueños. La alada criatura estaba paralizada, inmersa en un punto fijo entre los cuerpos de la madre y del padre de la inocente, tendidos por sobre el sucio bordeaux.
-¿Quién soy?- la alada criatura grita.
-¿Quién eres?- escucha a su verdadera voz dentro suyo.
-Yo soy yo.-
-Mentiras.-
-¡Ayuda!-
-Nadie te puede ayudar.-
-¿Por qué?-
La niña seguía avanzando, entretejiendo curiosidad y olvido, a cambio de saber perdonar y comprender.
-¿Por qué?-
-Porque no conoces a nadie.-
Con ojos sin luz y piel teñida en costras, la mente y el corazón de la indefensa palpitaban y acumulaban ilusiones.
-Desaparecieron bruscamente, se olvidaron de mi existencia, o quizás simplemente nunca existí…- La Diosa repetía en voz alta.
A unos metros ya se encontraba la niña, cuando la criatura reaccionó, miró su rostro, su cuerpo, olió su sangre, sintió su esencia y retrocedió con miedo unos pasos. La inocente no le temía, accionaba al igual que ella, a inconsciente voluntad.
Se atrevió a tenderle sus pequeños y delicados brazos. Divina criatura, quería alcanzar por última vez la belleza. La alada blanquecina, aún más temerosa quiso volar y no pudo, quiso morir y no se atrevió, quiso correr y resbaló. No quería acabar con la vida de la inocente, no sabía si recordaría aquel momento. Pobrecilla, arma letal, no quería que la nena la tocase, no quería sentir, lo deseaba pero la muy cobarde le temía al olvido o quizás… más le temía al recuerdo. Un paso, dos pasos, la inocente avanzaba, mientras las alas se rajaban entre las rocas del suelo, puesto que la Diosa se arrastraba, retrocediendo, sudada, extenuada, negando con la cabeza y rechinando sus dientes. Jamás se vio escena tan blanca con un telón de fondo tan cargado, tan negro.
-¡No me hagas hacer esto! ¡Por favor!-
La Diosa gritó con lo ojos bien cerrados, marcando el entrecejo. Hasta que, de repente levantó su quebradiza mano hacia lo alto y enfrentó la palma hacia su pecho, amagando la muerte de ambas.
Silencio. Fue absurdo, mas allí se escuchó silencio.
-Despierta- escuchó en su mente.
Y como si el tiempo se hubiese detenido, la niña se había acercado a la criatura y con los brazos extendidos la recibía con un cálido y pegajoso abrazo. Las brumosas respiraciones se hallaron y se hicieron una. La criatura sintió el suave cabello de la inocente por sobre sus hombros, mientras su odio albar caía en forma de lágrima sobre su mejilla. Amó al corazón acelerado, delicado, que la rodeaba en una nube de comprensión.
Entonces supo que no era así… puesto que en ese momento, la niña tenía sus manos posadas sobre su cuello y la estrangulaba con todas sus fuerzas.
Aquella mañana su pestañear tiritó, desmintiendo el palpitar acelerado y asustado de aquel corazón, la rendija de sol que ingresaba por la ventana enfrió su frente y la lágrima en su mejilla derramó su acidez sobre la almohada.
Las paredes del hospital nunca habían estado tan amarillas, tan oxidadas. Junto a ella, su madre le sostenía los hombros con todas sus fuerzas. Lloraba desconsolada sobre el cuerpo inmóvil, mientras pronunciaba unas palabras difusas, que si bien no pude escuchar cuáles eran, más tarde comprendería que no haría falta repetirlas, las expresaba el viento.
Diecisiete años habían pasado desde el accidente.
Seudónimo:Nina
Fue entonces cuando ella, desnuda y con temor resurgió como una flor solitaria que vive en oscuridad y encuentra un hilo de luz, y por querer ir más allá de los límites de la pasión, empezó a llorar.
Había acabado con la vida de todos. La aldea estaba destruida, hecha pedazos, los cadáveres se podrían en la llanura, con sus almas manchadas de sangre. Quería desmayarse, deseaba desaparecer, retroceder el tiempo y nunca haber existido. “¿¡Por qué no me detuve!?” Se preguntaba, mientras el lugar se fundía en sus ojos.
Atada con cadenas se encontró en su propia mente. Restringida a los deseos de otros. Resultado de la ambición de todos. Y si bien no pudo pensar por sí misma, surgió en ella: “¿Quién soy?” Pregunta muy fácil para tan difícil solución. Revolución, independencia, su mente tenía esos conocimientos, pero aquel latente corazón estaba hundido en el pozo del destino, no podía reaccionar ante lo inevitable. Dolor. La mente se nublaba con la tragedia de su existencia. ¿Por qué existir para los deseos de los demás? Ellos no se preocupaban por ella, ¿por qué habría de quererlos?, los odiaba porque la habían creado.
Aturdida, su inconciente voluntad quería morir. Bastaba con detonar la bomba de su pecho y no quedarían rastros de ella, ni de nada de lo que allí había ocurrido, o antes hubiese vivido, sonreído, amado y llorado. La cruel guerra terminaría en ese instante.
Sin embargo fue en ese momento, en ese último segundo, cuando la Naturaleza y el Infinito se confabularon: una sombra de la sombra se levantó tambaleando, y con ojos blancos miró a la diosa. Era una pequeña niña que se atrevía a encontrar su mirada. Y fue ahí cuando la lágrima quiso, pero no pudo, correr entre el pellejo de aquellos labios.
Descalzos y ensangrentados sus pies comenzaron a avanzar sobre el camino de barro y de nubes de posibles sueños. La alada criatura estaba paralizada, inmersa en un punto fijo entre los cuerpos de la madre y del padre de la inocente, tendidos por sobre el sucio bordeaux.
-¿Quién soy?- la alada criatura grita.
-¿Quién eres?- escucha a su verdadera voz dentro suyo.
-Yo soy yo.-
-Mentiras.-
-¡Ayuda!-
-Nadie te puede ayudar.-
-¿Por qué?-
La niña seguía avanzando, entretejiendo curiosidad y olvido, a cambio de saber perdonar y comprender.
-¿Por qué?-
-Porque no conoces a nadie.-
Con ojos sin luz y piel teñida en costras, la mente y el corazón de la indefensa palpitaban y acumulaban ilusiones.
-Desaparecieron bruscamente, se olvidaron de mi existencia, o quizás simplemente nunca existí…- La Diosa repetía en voz alta.
A unos metros ya se encontraba la niña, cuando la criatura reaccionó, miró su rostro, su cuerpo, olió su sangre, sintió su esencia y retrocedió con miedo unos pasos. La inocente no le temía, accionaba al igual que ella, a inconsciente voluntad.
Se atrevió a tenderle sus pequeños y delicados brazos. Divina criatura, quería alcanzar por última vez la belleza. La alada blanquecina, aún más temerosa quiso volar y no pudo, quiso morir y no se atrevió, quiso correr y resbaló. No quería acabar con la vida de la inocente, no sabía si recordaría aquel momento. Pobrecilla, arma letal, no quería que la nena la tocase, no quería sentir, lo deseaba pero la muy cobarde le temía al olvido o quizás… más le temía al recuerdo. Un paso, dos pasos, la inocente avanzaba, mientras las alas se rajaban entre las rocas del suelo, puesto que la Diosa se arrastraba, retrocediendo, sudada, extenuada, negando con la cabeza y rechinando sus dientes. Jamás se vio escena tan blanca con un telón de fondo tan cargado, tan negro.
-¡No me hagas hacer esto! ¡Por favor!-
La Diosa gritó con lo ojos bien cerrados, marcando el entrecejo. Hasta que, de repente levantó su quebradiza mano hacia lo alto y enfrentó la palma hacia su pecho, amagando la muerte de ambas.
Silencio. Fue absurdo, mas allí se escuchó silencio.
-Despierta- escuchó en su mente.
Y como si el tiempo se hubiese detenido, la niña se había acercado a la criatura y con los brazos extendidos la recibía con un cálido y pegajoso abrazo. Las brumosas respiraciones se hallaron y se hicieron una. La criatura sintió el suave cabello de la inocente por sobre sus hombros, mientras su odio albar caía en forma de lágrima sobre su mejilla. Amó al corazón acelerado, delicado, que la rodeaba en una nube de comprensión.
Entonces supo que no era así… puesto que en ese momento, la niña tenía sus manos posadas sobre su cuello y la estrangulaba con todas sus fuerzas.
Aquella mañana su pestañear tiritó, desmintiendo el palpitar acelerado y asustado de aquel corazón, la rendija de sol que ingresaba por la ventana enfrió su frente y la lágrima en su mejilla derramó su acidez sobre la almohada.
Las paredes del hospital nunca habían estado tan amarillas, tan oxidadas. Junto a ella, su madre le sostenía los hombros con todas sus fuerzas. Lloraba desconsolada sobre el cuerpo inmóvil, mientras pronunciaba unas palabras difusas, que si bien no pude escuchar cuáles eran, más tarde comprendería que no haría falta repetirlas, las expresaba el viento.
Diecisiete años habían pasado desde el accidente.
Seudónimo:Nina
LA MELODÍA (C)
En un pueblo muy pequeño, Tiston, donde no habitaban muchas personas, vivían en una humilde casa Flora y Albertina. Ellas eran dos hermanas de entre 17 y 20 años de edad y con una esbelta figura que vestían con polleras y blusas de colores. Nunca se supo bien sus edades porque lo único que hacían era quedarse dentro de su casa tocando el piano, y cuando salían no se comunicaban con nadie, su paseo era ir al mercado a comprar de comer, pasear por el arroyo cercano a la casa y de regreso recolectar flores del jardín vecino. Aunque ese paseo solamente lo hacían una vez cada dos semanas.
Nadie entendía muy bien cómo podían quedarse encerradas todo el tiempo en su casa, y no era una casa muy grande sino que solo tenía una cocina, una habitación, y el espacio infaltable, allí, donde ubicaban el piano.
Todas las mañanas y por las tardes se escuchaba la melodía del piano, una hermosa canción que se repetía infinidades de veces y nadie se cansaba de escucharla. Era una melodía dulce y divertida, pero a la vez, melancólica y depresiva. Escuchando esa canción podías enamorarte, de la primera flor de jardín en primavera, de la primera hoja que cae del árbol al empezar el otoño, o entristecerte, por el último sol de verano, por la última llovizna de invierno.
Todas las mañanas y las tardes eran tristes y alegres a la vez, todos los vecinos que escuchaban la melodía experimentaban tantos sentimientos, como a la vez ninguno, estaban enamorados de todo lo que veían, como también entristecidos de lo que no podían ver.
Mientras el sonido de la divertida y triste melodía invadía las casas vecinas y los habitantes de Tiston descubrían nuevos y maravillosos sentimientos, dentro de la casa de las hermanas, Flora y Albertina, solo había un sentimiento, el amor. Ellas amaban todo y nada, amaban toda esa melodía y ninguna nota de ella, amaban a las personas de ese pueblo y a ninguna, a todos aquellos que escucharan su melodía emocionante y nadie, todo lo que florecía, nacía y crecía, amaban, y nada de todo eso.
Todo el pueblo estaba sumergido en la melodía, inconcientes de su pensamiento, perdidos en aquella hipnosis provocada por las hermanas, que sin una explicación racional de lo sucedido todos los días en ese lugar, Flora y Albertina controlaban a todas y a cada una de las personas en Tiston, todos sus movimientos, actitudes, lo que decían, pensaban y lo que sentían. Eran las dueñas del lugar, todo Tiston estaba bajo los encantos de esa melodía somnífera que controlaba a todos. Solo ellas tenían el poder sobre las notas del piano y la melodía que tocaban en él.
El pueblo vivía gracias a esa melodía y los días que las hermanas no tocaban el piano, Tiston yacía en un sueño profundo, donde las únicas que habitaban el lugar eran dos personas, Flora y Albertina.
Al escuchar esa melodía ya nada tenía un problema y una solución, nada tenía vida ni muerte, no había pasado ni futuro, decepciones ni esperanzas, lo único que existía era esa melodía, era el todo de todos y nadie, lo que ocupaba el lugar de la vida y la muerte, era el pasado, el presente y el futuro, las esperanzas, los problemas y las soluciones, todo era esa melodía que sonaba en todas partes y en ningún lugar.
Seudónimo: Delfina Accardi
Nadie entendía muy bien cómo podían quedarse encerradas todo el tiempo en su casa, y no era una casa muy grande sino que solo tenía una cocina, una habitación, y el espacio infaltable, allí, donde ubicaban el piano.
Todas las mañanas y por las tardes se escuchaba la melodía del piano, una hermosa canción que se repetía infinidades de veces y nadie se cansaba de escucharla. Era una melodía dulce y divertida, pero a la vez, melancólica y depresiva. Escuchando esa canción podías enamorarte, de la primera flor de jardín en primavera, de la primera hoja que cae del árbol al empezar el otoño, o entristecerte, por el último sol de verano, por la última llovizna de invierno.
Todas las mañanas y las tardes eran tristes y alegres a la vez, todos los vecinos que escuchaban la melodía experimentaban tantos sentimientos, como a la vez ninguno, estaban enamorados de todo lo que veían, como también entristecidos de lo que no podían ver.
Mientras el sonido de la divertida y triste melodía invadía las casas vecinas y los habitantes de Tiston descubrían nuevos y maravillosos sentimientos, dentro de la casa de las hermanas, Flora y Albertina, solo había un sentimiento, el amor. Ellas amaban todo y nada, amaban toda esa melodía y ninguna nota de ella, amaban a las personas de ese pueblo y a ninguna, a todos aquellos que escucharan su melodía emocionante y nadie, todo lo que florecía, nacía y crecía, amaban, y nada de todo eso.
Todo el pueblo estaba sumergido en la melodía, inconcientes de su pensamiento, perdidos en aquella hipnosis provocada por las hermanas, que sin una explicación racional de lo sucedido todos los días en ese lugar, Flora y Albertina controlaban a todas y a cada una de las personas en Tiston, todos sus movimientos, actitudes, lo que decían, pensaban y lo que sentían. Eran las dueñas del lugar, todo Tiston estaba bajo los encantos de esa melodía somnífera que controlaba a todos. Solo ellas tenían el poder sobre las notas del piano y la melodía que tocaban en él.
El pueblo vivía gracias a esa melodía y los días que las hermanas no tocaban el piano, Tiston yacía en un sueño profundo, donde las únicas que habitaban el lugar eran dos personas, Flora y Albertina.
Al escuchar esa melodía ya nada tenía un problema y una solución, nada tenía vida ni muerte, no había pasado ni futuro, decepciones ni esperanzas, lo único que existía era esa melodía, era el todo de todos y nadie, lo que ocupaba el lugar de la vida y la muerte, era el pasado, el presente y el futuro, las esperanzas, los problemas y las soluciones, todo era esa melodía que sonaba en todas partes y en ningún lugar.
Seudónimo: Delfina Accardi
IRONÍA ( C )
Algo en su interior no estaba bien. Fue entonces cuando comprendió la obvia realidad.
- Lo siento, Tom – dijo Arleen en un tono medio quebrantado y lloroso.
El muchacho sintió una pesadez enorme en su pecho al entender el significado de aquellas palabras. Todo sucedió en segundos y a la vez. Arleen se impulsó hacia atrás con sus brazos sobre el pecho de Tom, y éste, sin fuerzas para seguir luchando, dejó caer los suyos a sus costados sin resistencia alguna. Intercambiaron una última mirada - la de él, llena de dolor; y la de ella, de puro perdón - antes de que Arleen se diera vuelta para correr. Las lágrimas corrían por su rostro y sus pasos eran medio torpes.
Drake golpeó con el puño el escritorio.
- ¡Maldición! - el odio y la ira corrían por su ser, y la imagen de aquella mujer aparecía una y otra vez en su mente.
Escondió la cara en sus manos, pero aún así la seguía recordando, ya ni siquiera podía pensar tranquilo. Su mente le recordaba aquella nueva necesidad, que parecía más indispensable que respirar. Su presencia le había sido adictiva, qué rápido se había acostumbrado a ella, siempre tan cálida y alegre. Nunca había aprendido a depender de nadie, pero sin Arleen –su nombre le producía una quemazón en el pecho y un nudo en la garganta, por lo que se hizo un bollo en la silla- parecía todo vacío y gris, nada le importaba realmente.
Una sonrisa de comprensión se dibujó en sus labios y se puso de pie. La solución era tan fácil… tomó su campera. Su idea era brillante, poco original, pero parecía la única solución posible a estas alturas. Salió de su casa y cerró con llave. Se rió ante la última acción: ¿qué importaba que alguien entrara a su casa ahora? Bajó los cuatro escalones hasta la vereda y comenzó su camino hacia la izquierda. El anciano de la florería del frente lo saludó, él le respondió igual que siempre, sólo que esta vez una tristeza casi imperceptible se reflejaba en su sonrisa y mirada. Caminaba tranquilo, aún le quedaban unas cuantas cuadras que andar.
Varios minutos más tarde, un taxi estacionó frente a la puerta. Arleen sacó de su billetera dinero más que suficiente y se lo dio al chofer.
- Gracias, quédese con el cambio. - dijo mientras bajaba apurada.
El chofer se quedó dudando unos segundos, para luego arrancar el auto e irse.
Arleen miró la puerta, inmóvil y tratando de reunir coraje. Caminó con paso decidido y golpeó la puerta dos veces. Esperó casi un minuto antes de golpear de nuevo. Por favor, por favor, rogaba ella en su interior.
- ¡Drake! Por favor abre... tengo que decirte algo. - golpeó otra vez la puerta. - Si no quieres escucharme, está bien, pero necesito decírtelo igual. - no hubo respuesta del otro lado. – Tenías razón, yo… - comenzó a decir dulcemente.
- Señorita - interrumpió alguien de voz ronca, para luego aclararse la garganta. - El muchacho que vive allí fue a dar un paseo. - Arleen se dio vuelta y vio que el anciano de la florería estaba escalera abajo, mirándola con gesto amable.
- ¿Cómo dice? – respondío luego de un segundo. Se acercó al anciano - ¿A dónde fue? - exigió tratando de controlarse.
- Pues, la verdad es que no sé, pero se fue por allí - señaló la dirección por la que se había ido Drake - y por la cara triste que llevaba no creo que vuelva... pronto.
Los ojos de la chica se abrieron de par en par, conteniendo la respiración un par de segundos, y comenzó a correr desesperadamente por dónde le había indicado el anciano. Por allí estaba el puente, donde se habían conocido. Drake, ¿no irás a...?, ese pensamiento le dio una punzada en el corazón. Corrió más rápido.
El atardecer, glorioso momento del día. El recuerdo de cuando la conoció, de su apariencia y los momentos juntos inundaron sus pensamientos. Caminaba por el puente, sonriente, hundido en su propio cielo de memorias. Respiró profundamente, el aire parecía más ligero. Pero entonces, sus recuerdos llegaron al momento en el que ella cambió de parecer, cuando él la dejó ir, cuando su vida pasó del Paraíso al Infierno. Frunció el ceño, sus recuerdos ahora eran solitarios, con esos sentimientos de vacío, ansiedad y dolor. Sacudió su cabeza tratando de desterrar esos horribles pensamientos, tratando de volver a aquel cielo de memorias para sacarse la sensación de amargura creciente en su interior. Pero no pudo. Lágrimas salían de sus ojos, se puso de frente al río y se paró al borde del puente, sosteniéndose fuerte con sus brazos de las barras de metal. Los autos pasaban a su espalda. Cerró los ojos. Un paso más lo sumiría en un dulce sueño... para siempre ya no sentiría dolor ni sufriría. El viento sopló con fuerza, sacando del bolsillo de su campera una servilleta, que voló sobre el río. La reconoció en un instante: era la misma que tenía el número de ella escrito. Tal vez, era una señal.
Arleen se sentía decaer, pero debía seguir corriendo. Llegó al imponente puente y lo vio allí, tan frágil y herido en su interior. Estaba a varios metros adelante, siguiendo algo con la vista. Giró la cabeza para ver de qué se trataba y se encontró con aquella servilleta. Comprendió las intenciones de Drake. ¡No!, gritó con horror en su mente.
- ¡No, Drake! ¡No lo hagas! ¡Por favor, escúchame! - al acercarse fue frenando.
Arleen paró a sólo un metro, con la respiración agitada, acercándose de a poco. Drake ya no escuchaba nada, y justo en ese momento dio el paso. Ya no podía soportar más ese dolor. Para él, el tiempo se estiró como si fuera un elástico. Su pie quedó suspendido en el aire un instante hasta que el resto de su cuerpo empezó a caer. Se giró de espaldas mientras caía y -como debe suceder- su cabeza fue hacia abajo. Miró el cielo por última vez, era hermoso en verdad. Ya no faltaría mucho cuando vio lo que menos esperaba, lo que más deseaba y lo más irónico que hubiera podido aparecer. Era ella, la dueña de su tormento y su corazón. Al parecer lo miraba horrorizada, suplicante. Drake siempre le hubiera dado todo, todo lo posible y más aún, pero ésta vez no podría. Ese último paso era irreversible y la decisión de ella fue hecha demasiado tarde. Lo hubiera dado todo por quedarse con ella, que ahora volvía, pero pagaría con su vida el amor que nunca le habían correspondido.
Seudónimo: Little Dreamer
- Lo siento, Tom – dijo Arleen en un tono medio quebrantado y lloroso.
El muchacho sintió una pesadez enorme en su pecho al entender el significado de aquellas palabras. Todo sucedió en segundos y a la vez. Arleen se impulsó hacia atrás con sus brazos sobre el pecho de Tom, y éste, sin fuerzas para seguir luchando, dejó caer los suyos a sus costados sin resistencia alguna. Intercambiaron una última mirada - la de él, llena de dolor; y la de ella, de puro perdón - antes de que Arleen se diera vuelta para correr. Las lágrimas corrían por su rostro y sus pasos eran medio torpes.
Drake golpeó con el puño el escritorio.
- ¡Maldición! - el odio y la ira corrían por su ser, y la imagen de aquella mujer aparecía una y otra vez en su mente.
Escondió la cara en sus manos, pero aún así la seguía recordando, ya ni siquiera podía pensar tranquilo. Su mente le recordaba aquella nueva necesidad, que parecía más indispensable que respirar. Su presencia le había sido adictiva, qué rápido se había acostumbrado a ella, siempre tan cálida y alegre. Nunca había aprendido a depender de nadie, pero sin Arleen –su nombre le producía una quemazón en el pecho y un nudo en la garganta, por lo que se hizo un bollo en la silla- parecía todo vacío y gris, nada le importaba realmente.
Una sonrisa de comprensión se dibujó en sus labios y se puso de pie. La solución era tan fácil… tomó su campera. Su idea era brillante, poco original, pero parecía la única solución posible a estas alturas. Salió de su casa y cerró con llave. Se rió ante la última acción: ¿qué importaba que alguien entrara a su casa ahora? Bajó los cuatro escalones hasta la vereda y comenzó su camino hacia la izquierda. El anciano de la florería del frente lo saludó, él le respondió igual que siempre, sólo que esta vez una tristeza casi imperceptible se reflejaba en su sonrisa y mirada. Caminaba tranquilo, aún le quedaban unas cuantas cuadras que andar.
Varios minutos más tarde, un taxi estacionó frente a la puerta. Arleen sacó de su billetera dinero más que suficiente y se lo dio al chofer.
- Gracias, quédese con el cambio. - dijo mientras bajaba apurada.
El chofer se quedó dudando unos segundos, para luego arrancar el auto e irse.
Arleen miró la puerta, inmóvil y tratando de reunir coraje. Caminó con paso decidido y golpeó la puerta dos veces. Esperó casi un minuto antes de golpear de nuevo. Por favor, por favor, rogaba ella en su interior.
- ¡Drake! Por favor abre... tengo que decirte algo. - golpeó otra vez la puerta. - Si no quieres escucharme, está bien, pero necesito decírtelo igual. - no hubo respuesta del otro lado. – Tenías razón, yo… - comenzó a decir dulcemente.
- Señorita - interrumpió alguien de voz ronca, para luego aclararse la garganta. - El muchacho que vive allí fue a dar un paseo. - Arleen se dio vuelta y vio que el anciano de la florería estaba escalera abajo, mirándola con gesto amable.
- ¿Cómo dice? – respondío luego de un segundo. Se acercó al anciano - ¿A dónde fue? - exigió tratando de controlarse.
- Pues, la verdad es que no sé, pero se fue por allí - señaló la dirección por la que se había ido Drake - y por la cara triste que llevaba no creo que vuelva... pronto.
Los ojos de la chica se abrieron de par en par, conteniendo la respiración un par de segundos, y comenzó a correr desesperadamente por dónde le había indicado el anciano. Por allí estaba el puente, donde se habían conocido. Drake, ¿no irás a...?, ese pensamiento le dio una punzada en el corazón. Corrió más rápido.
El atardecer, glorioso momento del día. El recuerdo de cuando la conoció, de su apariencia y los momentos juntos inundaron sus pensamientos. Caminaba por el puente, sonriente, hundido en su propio cielo de memorias. Respiró profundamente, el aire parecía más ligero. Pero entonces, sus recuerdos llegaron al momento en el que ella cambió de parecer, cuando él la dejó ir, cuando su vida pasó del Paraíso al Infierno. Frunció el ceño, sus recuerdos ahora eran solitarios, con esos sentimientos de vacío, ansiedad y dolor. Sacudió su cabeza tratando de desterrar esos horribles pensamientos, tratando de volver a aquel cielo de memorias para sacarse la sensación de amargura creciente en su interior. Pero no pudo. Lágrimas salían de sus ojos, se puso de frente al río y se paró al borde del puente, sosteniéndose fuerte con sus brazos de las barras de metal. Los autos pasaban a su espalda. Cerró los ojos. Un paso más lo sumiría en un dulce sueño... para siempre ya no sentiría dolor ni sufriría. El viento sopló con fuerza, sacando del bolsillo de su campera una servilleta, que voló sobre el río. La reconoció en un instante: era la misma que tenía el número de ella escrito. Tal vez, era una señal.
Arleen se sentía decaer, pero debía seguir corriendo. Llegó al imponente puente y lo vio allí, tan frágil y herido en su interior. Estaba a varios metros adelante, siguiendo algo con la vista. Giró la cabeza para ver de qué se trataba y se encontró con aquella servilleta. Comprendió las intenciones de Drake. ¡No!, gritó con horror en su mente.
- ¡No, Drake! ¡No lo hagas! ¡Por favor, escúchame! - al acercarse fue frenando.
Arleen paró a sólo un metro, con la respiración agitada, acercándose de a poco. Drake ya no escuchaba nada, y justo en ese momento dio el paso. Ya no podía soportar más ese dolor. Para él, el tiempo se estiró como si fuera un elástico. Su pie quedó suspendido en el aire un instante hasta que el resto de su cuerpo empezó a caer. Se giró de espaldas mientras caía y -como debe suceder- su cabeza fue hacia abajo. Miró el cielo por última vez, era hermoso en verdad. Ya no faltaría mucho cuando vio lo que menos esperaba, lo que más deseaba y lo más irónico que hubiera podido aparecer. Era ella, la dueña de su tormento y su corazón. Al parecer lo miraba horrorizada, suplicante. Drake siempre le hubiera dado todo, todo lo posible y más aún, pero ésta vez no podría. Ese último paso era irreversible y la decisión de ella fue hecha demasiado tarde. Lo hubiera dado todo por quedarse con ella, que ahora volvía, pero pagaría con su vida el amor que nunca le habían correspondido.
Seudónimo: Little Dreamer
LA SALVACIÓN (A)
Sé que eran dos chicos de unos doce años, muy jóvenes para convertirse en hombres, pero es así como sucedió. Eran valientes y muy fuertes, sabían usar bien el arco y flecha, también habían aprendido a manejar el hacha, principal arma de los guardianes de la montaña. Eran muy amigos y ambos eran los más morochos de la aldea, se parecían tanto que muchos pensaban que eran hermanos. Hace un tiempo habían sido unos niños muy alegres y simpáticos pero desde la llegada de Misáianes todo había cambiado. Pero como no quiero aburrirlos más, les contaré la historia de estos dos jóvenes.
Era una mañana calurosa y soleada, ya no quedaban muchos guardianes de la montaña, todos los hombres y las mujeres estaban callados en la aldea excepto por algunos niños que se los oía reir. Onaicul y Pentrorof, nuestro dos protagonistas, estaban jugando con espadas de madera, creyéndose guerreros. En eso Aranoele mandó a su hijo, Onaicul, a ordeñar a las cabras gigantes. Onaicul agarró un cubo de madera y acompañado por su amigo salieron a escalar la montaña Escarsone.
Onaicul nunca había estado tan triste un día antes de su cumpleaños, al día siguiente cumpliría trece, pero sería porque no sabía que sorpresa le esperaba. Los chicos estaban muy cansados, era la primera vez que las cabras habían subido tanto y por lugares tan difíciles; de repente vieron una cabra y se apresuraron a seguirla, estaban yendo por caminos que no conocían. Luego de seguirla por mucho tiempo la cabra se metió en una cueva. Adentro estaba oscuro pero la cabra se veía iluminada por una luz tenue. Caminaron hacia allí y vieron algo sorprendente, un lulu. Onaicul y Pentrorof estaban viendo al último lulu de su especie. El lulu era muy viejo y comenzó a hablar muy pausado. Se hizo de noche y los chicos le prometieron al lulu regresar al día siguiente; se apresuraron a ordeñar la cabra y bajaron corriendo la montaña, llegaron a la aldea y le entregaron la leche a Aranoele y luego de ser interrogados por la madre, que no sabía por qué habían tardado tanto en ordeñar una simple cabra, sin decir nada se fueron a dormir.
A la mañana siguiente los chicos se ofrecieron para ir a ordeñar las cabras, las madres sospecharon algo raro en ellos pero como eran los únicos que querían ir les entregaron los cubos y les dijeron que se pusieran en marcha porque pronto llegaría la temporada fría y todavía había mucho por hacer, sin embargo esta vez les advirtieron que debían volver temprano, antes de comer.
Onaicul y Pentrorof escalaron la montaña Escarsone, pero antes de ir a ver al lulu ordeñaron a las cabras, luego subieron hasta la cueva y se dirigieron a la luz, allí estaba el lulu, los chicos lo notaron más viejo y más blanco. El lulu les dijo que su tiempo pronto acabaría, les entregó cinco huevos de diferentes colores y les dijo que su misión sería cuidarlos porque los lulus que estaban en los huevos tendrían el poder de adivinar el futuro. Los chicos tiraron la leche, fueron a buscar un poco de paja y la colocaron en los cubos de madera pero cuando volvieron a la cueva, el lulu había muerto. Los chicos lloraron esa pérdida pero sabían que tenían que cuidar de esos huevos, entonces los metieron delicadamente entre la paja blanda y se marcharon cuidadosamente.
Cuando llegaron a la aldea se encontraron con Aranoele que les dijo que llevaran la leche al granero, los chicos contestaron que ésta vez no había leche pero había algo mucho más valioso. Luego de éstas palabras le mostraron los cinco huevos, la madre sorprendida reunió a los habitantes de la aldea. Mucha gente estaba asombrada y feliz ante el hallazgo de los chicos, pero otros reaccionaron de muy mala manera porque decían que esa iba a ser su perdición. Luego de un debate con muchos gritos y discusiones llegaron a la conclusión que cinco ancianos tendrían que ir a la cueva donde encontraron a los huevos y allí cuidar de éstos, porque ese era un lugar seguro, después se hizo un largo silencio que Onaicul interrumpió, dijo que no permitiría que se llevaran a los huevos si él no iba con ellos, éstas palabras involucraban también a Pentrorof que era más reservado pero firme en sus decisiones; en ese preciso momento un huevo se rompió y salió una colita roja y cuando el pequeño lulu logró asomar su cabecita dijo:” Ya saben de nuestra existencia, los pastores están cerca”. Luego de esto hubo un caos pero al final se pusieron de acuerdo y ermpezaron a hacer los preparativos para la guerra.
Onaicul y Pentrorof agarraron dos arcos y los carcaj con flechas que habían sido de sus padres y seguidos de cinco ancianos se pusieron en marcha con los nuevos lulus. Después de treinta minutos los guardianes habían subido lo suficiente para divisar desde allí al ejército numeroso de los pastores, estaban muy cerca de ellos. Cuatro de los ancianos quisieron ir a luchar, pero el viejo más sabio les dijo que no valía la pena porque morirían sin que su hacha haya tocado el cuerpo de algún pastor, pero Onaicul y Pentrorof que tenían sus arcos, los tensaron y los pastores empezaron a caer uno a uno, en ese instante pasó el águila Sternoff y vio lo que estaba sucediendo, los muchachos no podrían detener por mucho tiempo más a sus rivales, entonces velozmente fue a avisarles a los guardianes de la montaña que los pastores ya se encontraban allí. Los guardianes escalaron sin dificultad y así empezó una batalla muy sangrienta y a pesar que los pastores eran más numerosos, afortunadamente no sabían moverse bien en la montaña. Finalmente los guardianes vencieron a los pastores, bajaron de la montaña y celebraron la victoria.
A la mañana siguiente Onaicul recordaba su cumpleaños como el mejor de su vida, y junto con su amigo fueron a alimentar a sus pequeños lulus. Estos chicos protegieron a los lulus, que por cierto fueron claves para resistir la segunda llegada de Misáianes, por muchos años.
Hoy en día algunos dicen ver en la montaña más alta de la actual Venezuela, cinco lucecitas de distintos colores, la gente llama mentirosos a esas personas, yo no sé por qué me llaman así.
Seudónimo: Chazz y Chuck
Era una mañana calurosa y soleada, ya no quedaban muchos guardianes de la montaña, todos los hombres y las mujeres estaban callados en la aldea excepto por algunos niños que se los oía reir. Onaicul y Pentrorof, nuestro dos protagonistas, estaban jugando con espadas de madera, creyéndose guerreros. En eso Aranoele mandó a su hijo, Onaicul, a ordeñar a las cabras gigantes. Onaicul agarró un cubo de madera y acompañado por su amigo salieron a escalar la montaña Escarsone.
Onaicul nunca había estado tan triste un día antes de su cumpleaños, al día siguiente cumpliría trece, pero sería porque no sabía que sorpresa le esperaba. Los chicos estaban muy cansados, era la primera vez que las cabras habían subido tanto y por lugares tan difíciles; de repente vieron una cabra y se apresuraron a seguirla, estaban yendo por caminos que no conocían. Luego de seguirla por mucho tiempo la cabra se metió en una cueva. Adentro estaba oscuro pero la cabra se veía iluminada por una luz tenue. Caminaron hacia allí y vieron algo sorprendente, un lulu. Onaicul y Pentrorof estaban viendo al último lulu de su especie. El lulu era muy viejo y comenzó a hablar muy pausado. Se hizo de noche y los chicos le prometieron al lulu regresar al día siguiente; se apresuraron a ordeñar la cabra y bajaron corriendo la montaña, llegaron a la aldea y le entregaron la leche a Aranoele y luego de ser interrogados por la madre, que no sabía por qué habían tardado tanto en ordeñar una simple cabra, sin decir nada se fueron a dormir.
A la mañana siguiente los chicos se ofrecieron para ir a ordeñar las cabras, las madres sospecharon algo raro en ellos pero como eran los únicos que querían ir les entregaron los cubos y les dijeron que se pusieran en marcha porque pronto llegaría la temporada fría y todavía había mucho por hacer, sin embargo esta vez les advirtieron que debían volver temprano, antes de comer.
Onaicul y Pentrorof escalaron la montaña Escarsone, pero antes de ir a ver al lulu ordeñaron a las cabras, luego subieron hasta la cueva y se dirigieron a la luz, allí estaba el lulu, los chicos lo notaron más viejo y más blanco. El lulu les dijo que su tiempo pronto acabaría, les entregó cinco huevos de diferentes colores y les dijo que su misión sería cuidarlos porque los lulus que estaban en los huevos tendrían el poder de adivinar el futuro. Los chicos tiraron la leche, fueron a buscar un poco de paja y la colocaron en los cubos de madera pero cuando volvieron a la cueva, el lulu había muerto. Los chicos lloraron esa pérdida pero sabían que tenían que cuidar de esos huevos, entonces los metieron delicadamente entre la paja blanda y se marcharon cuidadosamente.
Cuando llegaron a la aldea se encontraron con Aranoele que les dijo que llevaran la leche al granero, los chicos contestaron que ésta vez no había leche pero había algo mucho más valioso. Luego de éstas palabras le mostraron los cinco huevos, la madre sorprendida reunió a los habitantes de la aldea. Mucha gente estaba asombrada y feliz ante el hallazgo de los chicos, pero otros reaccionaron de muy mala manera porque decían que esa iba a ser su perdición. Luego de un debate con muchos gritos y discusiones llegaron a la conclusión que cinco ancianos tendrían que ir a la cueva donde encontraron a los huevos y allí cuidar de éstos, porque ese era un lugar seguro, después se hizo un largo silencio que Onaicul interrumpió, dijo que no permitiría que se llevaran a los huevos si él no iba con ellos, éstas palabras involucraban también a Pentrorof que era más reservado pero firme en sus decisiones; en ese preciso momento un huevo se rompió y salió una colita roja y cuando el pequeño lulu logró asomar su cabecita dijo:” Ya saben de nuestra existencia, los pastores están cerca”. Luego de esto hubo un caos pero al final se pusieron de acuerdo y ermpezaron a hacer los preparativos para la guerra.
Onaicul y Pentrorof agarraron dos arcos y los carcaj con flechas que habían sido de sus padres y seguidos de cinco ancianos se pusieron en marcha con los nuevos lulus. Después de treinta minutos los guardianes habían subido lo suficiente para divisar desde allí al ejército numeroso de los pastores, estaban muy cerca de ellos. Cuatro de los ancianos quisieron ir a luchar, pero el viejo más sabio les dijo que no valía la pena porque morirían sin que su hacha haya tocado el cuerpo de algún pastor, pero Onaicul y Pentrorof que tenían sus arcos, los tensaron y los pastores empezaron a caer uno a uno, en ese instante pasó el águila Sternoff y vio lo que estaba sucediendo, los muchachos no podrían detener por mucho tiempo más a sus rivales, entonces velozmente fue a avisarles a los guardianes de la montaña que los pastores ya se encontraban allí. Los guardianes escalaron sin dificultad y así empezó una batalla muy sangrienta y a pesar que los pastores eran más numerosos, afortunadamente no sabían moverse bien en la montaña. Finalmente los guardianes vencieron a los pastores, bajaron de la montaña y celebraron la victoria.
A la mañana siguiente Onaicul recordaba su cumpleaños como el mejor de su vida, y junto con su amigo fueron a alimentar a sus pequeños lulus. Estos chicos protegieron a los lulus, que por cierto fueron claves para resistir la segunda llegada de Misáianes, por muchos años.
Hoy en día algunos dicen ver en la montaña más alta de la actual Venezuela, cinco lucecitas de distintos colores, la gente llama mentirosos a esas personas, yo no sé por qué me llaman así.
Seudónimo: Chazz y Chuck
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